Pare de sufrir


Cuando la naturaleza nos pasa factura, nos devuelve a nuestra verdad. Una factura inmerecida en cuanto al origen de los sismos, ya que no parece haber relación directa entre los cambios climáticos provocados por el ser humano y la actividad sísmica del planeta. Sin embargo, cada vez que vivimos las consecuencias de uno de estos fenómenos, igual nos sentimos llamados a preguntarnos: Dios ¿qué hemos hecho para sufrir esto? Y en verdad hacemos bien en plantearnos la pregunta, solo que no tenemos necesidad de dirigirla a Dios para darnos cuenta de que, en la mayoría de los casos, sí hemos hecho muchas cosas para sufrir tal infortunio.

Estoy convencido de que Dios no está detrás de ninguna situación que nos cause sufrimiento; por ninguna razón, nadie merece una desgracia. Si Dios podría evitar o no los desastres que escapan a la libertad del ser humano, esa es una pregunta cuya respuesta nos es ahora inaccesible. Pero creo que si Jesús tuviera que hablarnos sobre el sufrimiento y los desastres naturales, antes de hacer una reflexión especulativa, nos contaría sabiamente la historia de aquel hombre prudente que construyó su casa sobre la roca y la salvó de la tempestad (aunque quizá no se trate de una técnica antisísmica). Es decir, Jesús no tendría ningún empacho en devolvernos primero a lo que de negligencia puede haber en nuestro sufrimiento, para en función de ello hablarnos de nuestra relación con Dios y la naturaleza.

El problema es que, cual Jerusalén, nosotros también nos llevarnos la mano al pecho ante la parábola viva que es cada nueva tragedia, para luego volver a nuestro habitual inmediatismo, a seguir viviendo en la precariedad. Esa es la verdad que quedó registrada en Arequipa, Ica, últimamente en Cusco, y todas las semanas en las carreteras del país. No podemos ser tan inconsecuentes. Hoy, cuando de manera sensacionalista algunos medios hacen sonar todas las alarmas, dejémonos de fatalismos. Se trata de asumir, en serio, que queremos cambiar esta realidad. Que los ciudadanos de a pie y las autoridades queremos dejar de sufrir por esta casi estructural falta de prevención, de responsabilidad, y de justicia económica.

La irracionalidad de la naturaleza puede decir muchas verdades a la condición humana, discernirlas, siempre será un desafío para nuestra conciencia. Pero ante todo, tratemos de discernir la verdad particular que la naturaleza devuelve a cada sociedad concreta, como aquella, terrible, que el terremoto de enero entregó a Haití, o ésta, reveladora, que el reciente terremoto está descubriendo a nuestro hermano pueblo de Chile. El próximo terremoto: ¿nos devolverá el mismo retrato que Pisco, aún en ruinas, nos dio? Que él nos coja confesados, pero además amparados por casas, hospitales, escuelas, fábricas y templos preparados para resistirlo.

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