Desafíos bicentenarios

El bicentenario de la independencia del Perú será para nuestra generación la oportunidad de hacer una lectura provechosa de estos dos siglos de vida republicana. Los aniversarios tienen siempre un aire artificial, porque suelen concentrar alrededor de un solo evento iniciativas que deberían ser constantes en la vida de un pueblo o de una persona. Pero somos humanos y en medio de los avatares de la vida cotidiana, necesitamos pretextos para volver a nuestros valores primordiales: al valor de la vida, al valor de un compromiso, al valor de una experiencia fundacional. Este el caso del nacimiento de la República.

A diferencia de otros países de la región, los peruanos no celebramos el aniversario de un primer grito libertario, sino del nacimiento real de un estado independiente en nuestro territorio. Además, habiendo sido el virreinato peruano el centro del poder español, la independencia del Perú fue una especie de plato de fondo del movimiento independentista sudamericano. De ahí que el 28 de julio del año 2021 seamos el último país sudamericano en celebrar el bicentenario de su independencia del reino español. Suena lejos, no lo es si la idea es aprovechar esta ocasión para volver sobre los valores que deben guiar la vida republicana.

Como sabemos, conmemorar este tipo de acontecimientos con grandes monumentos o, en el mejor de los casos, con obras públicas de envergadura, es una práctica arraigada en todas partes. No estaría mal que las celebraciones por el bicentenario nos dejaran, por ejemplo, un gran parque o un gran complejo cultural en la capital, o mejor aún un tren de alta velocidad que atraviese la costa peruana… Pero, por si esto no fuera poco, creo que los ciudadanos tenemos el desafío de proponernos objetivos estructurales, que vayan más allá de lo inmediato y que orienten a nuestros próximos gobernantes hacia desafíos mayores.

Sin ánimo de rigurosidad, una rápida mirada a nuestra historia y a nuestro presente me hace pensar que estos objetivos mayores bien podrían concentrarse en cinco puntos:

1. Reducción de la pobreza. Reconociendo lo avanzado, pero ojalá apostando más por una repartición equilibrada de la riqueza que por un chorreo económico. Asimismo, el país necesita desarrollar actividades productivas sostenibles. ¿Podemos esperar un despegue industrial en equilibrio con el medio ambiente?

2. Calidad y equidad educativa. Está claro que desarrollo económico sin desarrollo educativo no es verdadero desarrollo. Sin una buena educación al alcance de todos, ni el progreso ni la democracia son sostenibles. Es más, creo que si para el año 2021 tuviéramos un avance significativo en este punto, todo lo demás, como dice el Evangelio, vendría por añadidura.

3. Control de la corrupción. La principal causa de la pobreza moral de muchos de nuestros dirigentes. Es verdad, se combate con educación cívica pero también con reformas administrativas serias, para que las instituciones sepan detectar y denunciar la corrupción.

4. Inclusión social. Un país multicultural como el nuestro sigue pagando un alto precio para vivir integrado. Es verdad que hemos avanzado, por la presión cultural de los sectores emergentes o por las reivindicaciones indígenas, no tanto por el reconocimiento mutuo de una peruanidad compartida. Se requiere de un compromiso contra el racismo y centralismo.

5. Control de la violencia. El Perú no es ya el país de los años 80 o 90, ni tenemos el nivel de violencia de otros países, pero esto puede ser un triste consuelo. El terrorismo no ha muerto. El narcotráfico amenaza con hacernos ganar la copa mundial de la producción de cocaína. Hay un movimiento delincuencial que amenaza a los empresarios. Se necesitan estrategias inteligentes e integrales, ¿cómo se forman nuestros policías y militares?

Si en estos años lográramos un cambio radical en al menos algunos de estos puntos, creo que el 2021 habrán verdaderas razones para celebrar. Ahora bien, los objetivos mayores requieren de un proceso de planificación y sobre todo de una voluntad política que el próximo gobierno central deberá poner en marcha. Por ello hay que ser claros y señalar que estos desafíos demandan una capacidad de gestión y una probidad moral que no todos los candidatos podrán garantizar, incluyendo a los que próximamente pugnarán por los municipios, regiones o por un sillón en el Congreso. La reflexión sobre el país que quisiéramos recibir el 2021 nos tiene que hacer pensar en quiénes tienen la capacidad real de conducirnos a él.

Como decía al comenzar este post, el bicentenario es un gran pretexto para reflexionar y ponderar nuestra vida republicana, mejor aún si lo hacemos aprovechando todo lo que ya se viene trabajando en el resto de Latinoamérica. En este sentido han comenzado ya a organizarse en el mundo universitario algunas actividades académicas. Tendríamos que pensar en democratizar más este tipo de encuentros, que lleguen también a los clubes de madres, a los asociaciones de residentes, a las comunidades indígenas, por supuesto a todos los colegios, a los grupos parroquiales…

Si ya es casi un lugar común hablar de la falta de memoria histórica de nuestro pueblo, el bicentenario nos da la oportunidad de promover una reflexión nacional sobre lo que significa e implica vivir en una república. Sabemos que históricamente la independencia fue lograda por una élite criolla. Pero sabemos también que el desafío de hoy, para no repetir los conflictos de estos dos siglos, es lograr que todos los peruanos puedan igualmente reconocerse como constructores del país.

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