Vicente Santuc SJ: el estilo de un cristiano intelectual

El pasado mes de abril, compañeros, amigos y exalumnos de Vicente Santuc hemos recordado el primer año de su partida a la eternidad. Vicente, quien por opción propia había vivido su vocación jesuítica en el Perú, falleció intempestivamente en su natal Francia, a donde había ido para unos meses de descanso y reflexión. Hoy el tiempo nos permite ponderar mejor el significado del paso del extraordinario ser humano que fue Vicente Santuc por nuestras vidas.

Quienes conocíamos la densidad de su presencia no podemos sino sentir que se nos fue muy pronto. Al haber optado por sumergirse en los matices y complejidades de la vida en un país como el Perú, Vicente encarnaba para nosotros no solo al profesor de filosofía y al amigo cercano, sino al pensador y al maestro espiritual. Sabemos, sin embargo, que aquello que realmente nos marcó de él, es decir, el estilo que imprimió a su existencia, su manera de “estar presente en la vida” como hubiera dicho él mismo, no solo representa un bello recuerdo sino que nos sigue acompañando como constante referencia de vida.

En el itinerario de Vicente Santuc pueden reconocerse algunas grandes etapas: sus primeros años en la Francia rural y su experiencia en la guerra de Argelia, su larga formación jesuítica, sus veinte años de inserción en el mundo campesino de Piura y sus otros veinte años de actividad intelectual en la hoy Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Es considerando este itinerario que podemos aproximarnos mejor al que quizá fue el rasgo más distintivo del estilo con que Vicente vivió: su profundo espíritu católico, en el sentido más ortodoxo del término. Vicente hizo suyo aquello que se nos pide a los jesuitas y que en el fondo es tarea de todo intelectual cristiano: ir a las fronteras culturales, desplazarse hacia los cruces de intereses e ideologías, para allí anunciar y descubrir horizontes de verdad y de amor. Ese espíritu de universalidad que constituye la genuina vocación de la Iglesia, Vicente lo encarnó con proverbial generosidad.

Como fruto natural de ese espíritu universal, Vicente, tanto como intelectual y como sacerdote, tenía la virtud de situarse en la realidad con una extraordinaria amplitud de mirada. Sus clases, reflexiones y homilías fueron siempre una invitación a liberarnos de ideas reductoras o de todo círculo de culpa y temor, para ir en búsqueda de horizontes mayores. No se trataba, sin embargo, de un pensador abstraído, ya que podía ocuparse de cosas tan concretas como el desarrollo agrícola del campesinado de Piura. Tampoco quiso vivir del culto al ego filosófico, y como hombre de Iglesia supo ser obediente, asumiendo incluso misiones que no había esperado. Su pensamiento no estuvo pues al servicio ni de representaciones particulares del mundo ni de representaciones autocomplacientes de sí mismo. Podríamos sí decir, ensayando una interpretación, que su mirada de la realidad nacía de una honesta y contemplativa interrogación por el punto de anclaje, el “desde dónde”, de su propia acción en el mundo.

Vicente nos dejó, asimismo, el testimonio de un hombre apasionado por el diálogo. No fue quizás el tipo de persona con el que todos pudieran estar siempre de acuerdo. Además, como gestor, de seguro no todas sus determinaciones estuvieron exentas de errores, o tal vez de ilusiones. Pero Vicente, que en Argelia había conocido los horrores de la guerra y la prepotencia, estaba convencido de que la palabra era su mejor herramienta para el encuentro y el entendimiento mutuo. Por ello, lejos tanto de extremismos como de ambigüedades, se tomaba el tiempo para dialogar, tratando de encontrar la palabra justa y el momento oportuno para intervenir en situaciones difíciles. Como lo saben su amigos, si una película no le decía mucho, Vicente no tenía problemas en abandonar la sala de cine; pero si alguien necesitaba de su consejo, cuales fueran sus convicciones, condiciones o historias, Vicente hacía todo lo posible por acogerlo. Fue por cierto un gran conversador, siempre interesante, siempre curioso y ameno. “La mayor pobreza es no tener una buena conversación”, solía decir.

Pero toda evocación de aquella manera “de estar presente en la vida” que Vicente encarnó carecería de solidez si no reconociéramos también en él al hombre de la espiritualidad de la confianza. Y es que si algo sostenía a Vicente Santuc era una confianza enorme en el ser humano, en el porvenir, en la vida. Confianza alimentada por la oración matutina y por la contemplación del paso de Dios por la historia. Ese fue el “desde dónde” Vicente vivía. Desde allí cultivó esa actitud tan suya, y tan cristiana, de contemplar primero la “chispa divina” que él sabía reconocer en el otro, antes de emitir algún juicio o interpretación. Como buen filósofo, no parecía ser un hombre de demasiadas certezas. Sin embargo, las que tenía, las vivía desde el corazón y las transmitía con pasión, sin que sus convicciones pudiesen ser en ningún caso pretexto para la intolerancia o la segregación. Gracias a ello numerosas personas, en muchos casos apartadas de la fe y de la Iglesia, pudieron experimentar a Dios, particularmente a través de los Ejercicios Espirituales, que Vicente ofrecía como precioso tesoro. No sorprende entonces, la diversidad de personas dispuestas hoy a afirmar que el encuentro con Vicente verdaderamente marcó sus vidas.

En definitiva, Vicente Santuc no solo ha dejado su huella en instituciones como el CIPCA* de Piura y la Universidad Ruiz de Montoya, que nacieron bajo su inspiración y conducción. Vicente, con su profundidad espiritual, su pasión por el diálogo y su amplitud de criterio se ha convertido para muchos de los que tuvimos el privilegio de conocerle en una invalorable referencia de vocación cristiana e intelectual. Solo podemos dar gracias por haberlo tenido entre nosotros y de que nos haya querido tanto como nos quiso.

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* Centro de Investigación y Promoción del Campesinado – Piura.

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