La política, una misión

En el Perú de hoy la actividad política está enormemente desprestigiada. Se trata, en verdad, de una percepción un poco injusta, puesto que en el país hay numerosos dirigentes que, aunque no tengan mayor espacio en los medios de comunicación, con empeño y honradez contribuyen al desarrollo de sus comunidades. Sin embargo, qué duda cabe de que la corrupción de muchos de nuestros políticos, así como su indiferencia ante las necesidades de la población, han socavado enormemente la confianza en la actividad política. No sorprende entonces que muchas personas honestas y talentosas prefieran abstenerse de toda participación en la política nacional.

Es de suponer, asimismo, que no son pocos los que habiendo experimentado los entretelones del quehacer político han terminado decepcionados y con deseos de no volver a él. Aparte de la incertidumbre que significa entregarse a una actividad sin un futuro definido, entrar en la política implica también el esfuerzo de saber conducirse por las fronteras ideológicas y éticas que llevan al poder. Para no hablar de los ataques a la integridad personal que cada vez se hacen más frecuentes. La actividad política se ha convertido, pues, para hombres y mujeres con vocación de servicio en una opción arriesgada. Y, sin embargo, si no son ellos los que la asumen ¿en manos de quién la dejamos?

Felizmente, son muchos los peruanos indignados ante la forma de hacer política que se va instaurando en el país. Esta indignación, sin embargo, sería más fecunda si también fuera capaz de despertar en la ciudadanía el deseo de ser parte activa en el cambio que la política peruana necesita. Es decir, es cierto que en un país como el nuestro el solo reconocimiento de la crisis de liderazgo que vivimos es ya algo positivo. Pero lo fundamental es hacer posible un giro en el perfil de nuestros dirigentes, lo que pasa necesariamente por promover con vigor la participación de más ciudadanos talentosos y moralmente íntegros en la política peruana.

Si bien puede traer grandes satisfacciones, la participación política no es garantía de una vida despreocupada. Por ello sería más propio hablar de ella como de una misión que una persona asume en favor del bien común. Una misión que, ciertamente, tendríamos que aprender a fomentar y agradecer.

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Publicado en La República (29-08-15)

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