Misericordia quiero

Una de las informaciones que más llamaron mi atención en este año que termina es la que se hace eco de un estudio relativamente reciente de la Universidad de California, según el cual las personas que practican alguna religión tienden a ser menos compasivas que las que no lo hacen. Aunque el estudio no se ocupaba de las causas de este fenómeno, la hipótesis de los investigadores era que las personas intensamente religiosas tendían a ser más severas por el hecho de estar habitadas por un fuerte sentido moral.

Es verdad que existe una distinción entre la práctica de una religión y el cultivo de la fe, lo que, por ejemplo, permite a muchos teólogos sostener que la fe cristiana es más que una religión, puesto que se fundamenta no tanto en una estructura social como en una relación personal con el Dios de Jesucristo. Sin embargo, me parece importante reconocer que la fe siempre está vinculada a prácticas sociales y culturales, que así como la enriquecen al hacerla concreta y palpable, también pueden desvirtuarla con ideas y pulsiones que no siempre vienen de Dios. Precisamente, esto es lo que está detrás de prácticas religiosas que, en lugar de conectarnos con la vitalidad de la experiencia de Dios que sostiene a cualquier religión, movilizan en nosotros un apego desmedido por la norma y el control. Los cristianos creemos muchas veces estar libres de esto por haber superado la era de las cruzadas, pero, a decir verdad, allí donde somos mayoría ¿hemos sido capaces de construir sociedades verdaderamente compasivas?

Creo que la invitación hecha por el papa Francisco a destacar el valor de la misericordia en este año católico encierra algo más profundo que una iniciativa caritativa. En el fondo, se trata de ayudarnos a devolver nuestra vida religiosa a lo más divino que puede haber en ella, el amor. En esta Navidad regalemos muchas cosas, pero sobre todo regalemos misericordia, porque eso es, nos dice la Escritura, lo que realmente quiere Dios (Mt 9, 13). De parte de los laicos y sacerdotes que colaboramos con esta columna sabatina, ¡feliz Navidad!

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Publicado en La República (19-12-15)

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