Por una fraternidad universal

Podríamos decir que los tiempos actuales son tiempos difíciles para la convivencia humana en el mundo. La violencia terrorista sigue escalando en el Medio Oriente, produciendo escenas de horror que lamentablemente se van volviendo habituales. Los británicos apoyan mayoritariamente la renuncia de su país a ese gran proyecto de integración política que es la Unión Europea. En los Estados Unidos un candidato abiertamente xenófobo compite con gran éxito en la carrera hacia la presidencia. Y en América Latina tanto la corrupción como la ignorancia han conducido a Brasil a una grave crisis de legitimidad política, y a Venezuela a una descomposición social y económica que sin un cambio de rumbo solo puede seguir degenerando. Aun cuando estas situaciones ocurran lejos de nuestras tierras no podemos dejar de conmovernos ante ellas, porque conciernen a millones de seres humanos que comparten con nosotros los mismos sueños de paz y justicia.

Por supuesto, las razones que en distintas partes del mundo conducen a una crisis de convivencia son complejas y difíciles de definir. Los intereses en juego son siempre variados y, por otra parte, no siempre es fácil reconocer las decisiones más eficaces para la realización de los ideales de una sociedad. Sin embargo, hay una amenaza que parece ser una constante en todas estas situaciones: la tentación de renunciar al bien común para favorecer el provecho económico, social o ideológico de un solo grupo o de una sola comunidad. Esto es lo que acaba imponiéndose cada vez que se desatan conflictos absurdos y se levantan barreras sociales, la voluntad de unos de absolutizar su bienestar inmediato en desmedro del bien general de su país o de la humanidad misma.

Es verdad que pensar en el bien común además del bien propio muchas veces parece ser pedir mucho, sobre todo si se trata de ir más allá de acciones simbólicas. Y sin embargo, en el caso de los cristianos, ¿qué otra cosa podríamos pretender? Nuestra fe nos llama a reconocer a todos los seres humanos, más allá de sus diferencias de raza y cultura, como hijos de un mismo padre, y por ende como parte de una fraternidad universal. Por ello, ser cristiano no solo implica dejarse afectar por el sufrimiento de los demás, en realidad se trata de comprometerse para que la paz y la justicia del Evangelio alcancen a todos los rincones del universo. Y la paz, en particular, no es algo que pueda obtenerse de una vez para siempre. La paz solo será duradera si se convierte en una apuesta que renovamos constantemente con la mirada dirigida al bien de esa patria grande que es la humanidad.

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Publicado en La República (08-07-16)

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