Los porqués de la Iglesia

La reciente publicación de la instrucción vaticana sobre la conservación de las cenizas de los difuntos ha despertado distintas reacciones en la opinión pública. No quisiera detenerme aquí en su contenido, me parece que la ocasión resulta oportuna para reflexionar también sobre la manera cómo la Iglesia llega a establecer este y otro tipo de normativas para la comunidad cristiana.

Por una parte, resulta totalmente válido que los creyentes manifiesten su deseo de que la doctrina católica recoja sus prácticas en la conservación de las cenizas de sus difuntos. Se trata en muchos casos de personas con una profunda experiencia de Dios, y que sienten que la Iglesia podría incorporar mejor sus formas de vivir la fe. A este respecto, habría que señalar que es ciertamente la experiencia de fe de la comunidad la que a lo largo de la historia ha dado sustento a la doctrina católica. Los Evangelios mismos fueron redactados recogiendo la devoción a Jesús que las primeras comunidades cristianas guardaban. Ahora bien, es importante considerar al mismo tiempo que en una institución religiosa como la Iglesia el edificio doctrinal requiere de una coherencia interna que pueda hacer comprensible y comunicable la fe; demanda compleja si tomamos en cuenta la presencia milenaria y planetaria de la Iglesia. Por ello han sido necesarios la reflexión reposada y el diálogo para definir distintos aspectos doctrinales. Pero, además, esto no hubiera sido posible sin la orientación no solo de los teólogos sino de los pastores universales de la Iglesia, los Papas.

La fe nace, pues, de la experiencia creyente de la comunidad. Pero esa fe requiere también de cultivo, de formación. Solo considerando esto podremos entrar en dialogo con las declaraciones doctrinales de la Iglesia, con los porqués de sus decisiones. Solo así advertiremos que éstas, aunque a veces cuestionen incluso nuestros hábitos religiosos (¿no es el Evangelio el primero en hacerlo?), pueden entroncar con nuestras creencias más profundas. Lo cual de ninguna manera niega la importancia de cultivar los vínculos que unen a los creyentes y sus pastores, como condición para una coherencia más completa entre nuestras prácticas y declaraciones de fe.

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Publicado en La República (05-11-16)

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