El Egipto que no conocí

http://www.boston.com/bigpicture/2011/02/egypt_the_wait.html

Hace poco menos de dos años tuve la suerte de pasar un mes en el país de las grandes pirámides, gracias a la invitación de un compañero egipcio tan generoso como orgulloso de sus raíces. Una cultura fascinante, creo que no hace falta ahondar en detalles. En todo caso, cómo podía no admirar la genialidad de sus realizaciones. No es vano decir además que los egipcios de a pie me trataron con gran amabilidad, incluso cuando me expresaban con toda franqueza que no tenían idea de dónde estaba el Perú. Sí, al lado de Brasil. Sí, en otras épocas iba a los mundiales -trataba yo de responderles por señas.

Pero quizá la experiencia que marcó mi estadía en Egipto fue aquella de sentirme, como no lo había vivido antes, parte de una minoría cultural. Nunca me había sentido tan latino como cuando el árabe se oía por todo lado y me parecía absolutamente indescifrable. Y nunca me había sentido tan occidental –y pensaba que no lo era tanto-, como cuando caminábamos por calles colmadas de personas con túnicas y velos, o cuando los altoparlantes de las mezquitas saturaban nuestros oídos invocando a la oración. Allí percibí esa mezcla de fascinación y recelo que despierta la otredad en personas formadas en la desconfianza ante lo que no se vio por televisión. En Egipto me topé con el misterio de una cultura verdaderamente diferente. Y en virtud de esto pude caer en la cuenta de cómo se podía aprender tantas cosas de una cultura, pero comprender tan poco de ella. Porque más allá de conocer los orígenes de las túnicas y de los velos, era el espíritu de un pueblo el que no podía comprender con una visita fugaz.

Aquella experiencia de no comprensión con la que partí de Egipto me viene hoy a la memoria. Ahora que, sorteando los esquemas que aún conservo sobre el mundo árabe o sobre el Islam, no puedo sino asombrarme del espíritu que ha guiado estos días a los jóvenes concentrados en la plaza Tahrir. Sigue leyendo