Identidad y odio

Uno de los aspectos inherentes a la condición humana es establecer diferencias entre personas o grupos humanos para definir mejor nuestra identidad. Muchas veces nos conocemos y comprendemos mejor cuando nos contrastamos con los demás y a partir de ello descubrimos nuestras particularidades. Junto con ello solemos también tomar posición ante los comportamientos que percibimos como diferentes a los nuestros, puesto que, normalmente, desde el punto de vista moral no toda forma de ser o de vivir tiene el mismo significado. Todos tenemos una serie de criterios, de valores, que nos ayudan a ubicarnos en la vida.

Esta tendencia, normal y hasta positiva, se convierte sin embargo en una actitud dañina cuando nuestra afirmación personal, es decir, nuestra satisfacción y tranquilidad se hacen dependientes del establecimiento de diferencias frente a los demás. Porque fácilmente perdemos de vista que todo lo que nos vincula como seres humanos es mucho más grande que lo que nos distingue. Y porque de allí a la discriminación y la violencia hay solo un paso. Una necesidad imperiosa de afirmarse marcando fronteras reduce, en definitiva, la capacidad de nuestra mente y corazón para comprender que la experiencia humana es más grande y más compleja que la que nosotros vivimos. Sigue leyendo